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Resulta desternillante presenciar las peripecias de la extrema derecha itinerante, dispuesta a dar la nota ciudad por ciudad para cosechar un fracaso tras otro con impecable puntualidad. La semana pasada desembarcaron en Barcelona con ánimos de conquista, solo para encontrarse rodeados y superados por una ciudadanía que los dejó reducidos a un papelón histórico. Pero lejos de aprender la lección, ayer repitieron la hazaña en Madrid, volviendo a escenificar su habitual circo de soledad y ridículo supremo. El espectáculo de esta gira de la vergüenza roza la comedia involuntaria. Pretenden exhibir musculatura ideológica, pero la realidad es que apenas logran convocar a cuatro gatos despistados que no llenarían ni el vagón de un metro. Se pasean con la barbilla alta y la consigna aprendida, pero la contundencia de la respuesta social desmonta cualquier escenografía de grandeza. En Barcelona la repulsa vecinal fue inmediata y arrolladora; en Madrid, el desinterés y la vergüenza ajena volvieron a certificar que su capacidad de convocatoria es tan microscópica como su discurso. No hay nada más destructivo para un matón con ínfulas que la risa colectiva y el ninguneo social. Salen a la calle esperando imponer miedo o liderazgo, y lo único que se llevan de vuelta a casa es el veredicto unánime de una sociedad que los observa con desprecio y una profunda lástima. El ridículo no entiende de mapas: allá donde van a provocar, la ciudadanía les recuerda exactamente el lugar irrelevante que ocupan. Si la intención era montar un despliegue de fuerza, el tiro les ha salido por la culata en tiempo récord. De plaza en plaza y de fracaso en fracaso, estos autoproclamados salvadores siguen demostrando que, cuando la gente con dignidad sale a la calle, el fascismo de pacotilla no es más que una triste anécdota. #NoPasaran #StopRacismo #Barcelona #Madrid #EstadoDeDerecho